La Soledad

 Es algo muy curioso el hecho de pensar que hay personas que a veces nos sentimos solas en un mundo que tiene más 8mil millones de personas. O sea, es la población argentina multiplicada por 175 veces. Aun así, nos sentimos solos. Hay además miles de millones de otros seres vivos que coexisten con nosotros, y, aun así, nos sentimos solos. A veces estamos rodeados por grandes grupos de amigos, o familiares, y aún así, podés sentirte en soledad.

Entonces, esto me lleva a pensar que el sentimiento de la soledad poco tiene que ver con aquello que nos rodea, si no más bien con aquello con que nos acogemos por dentro de nosotros mismos.



La Soledad, personalmente, la he experimentado precisamente en los lugares o sitios en donde había otras personas, en grupos grandes, como en la escuela o la universidad. La soledad la sentía a raíz de la imposibilidad de poder tener una conexión emocional o espiritual con mis compañeros y compañeras. No podía compartir con casi nadie aquello que a mí me movilizaba hasta la última fibra, aquello que leía, aquello que me preguntaba. Entonces, cuando me expresaba y daba mis puntos de vista y mis reflexiones, esos entornos se llenaban muchas veces de burla y desconsideración. Allí, un nudo en la garganta se apoderaba de mí acompañado de una impotencia muy grande. Y entonces aparecía durante días esa sensación de Soledad; el sentirse solo e incomprendido.

Gracias a la vida y sus misterios, en mi grupo familiar siempre tuve el refugio necesario; extremadamente vital. Con ellos fue con quienes abordo/aba mis cuestiones personales. Pero siempre me pregunté qué sería de aquellas personas que no tienen ningún refugio en esas crisis de soledad profundas más allá de los psicólogos o terapeutas. Cuán importante es poder crear vínculos a partir del compartir cuestiones valiosas y profundas para uno mismo.



La soledad ataca a todos los aspectos de nuestra vida y el día a día. Soledad en el amor, en el trabajo, en las noches, en el camino. Hoy, ahora mismo, hay cerca nuestro cientos de personas que se sienten solas en ese colectivo, en ese colegio, en ese subte, en ese estadio de futbol. Rodeados de muchas personas, pero solas al fin.

Pero no todo es oscuridad. Lo primero que necesita la soledad para ser demolida es encontrar a esa compañía afín a nosotros mismos. Y sí; no es otro más que uno mismo. Quien se encuentra en sentimiento de soledad es porque aún no se encontró a sí mismo, o tal vez uno mismo se ha perdido de sí. Uno mismo es quien se acompañará por siempre, hasta el último de los días. Esperar y demandar al afuera, al otro, lo que no anida primero en nosotros, es una misión imposible, a la vez que frustrante.

La Magia en todo este proceso es cuando hablamos con nosotros mismos, cuando nos contamos nuestros dilemas, cuando nos acompañamos y empujamos hacia adelante; o bien, cuando aún en ese pozo de dolor, uno mismo es quien se tira la soga para salir a la luz. Por lo tanto, la soledad se cura con amor propio. La Soledad se esfuma cuando tenemos acciones constantes y habituales hacia nosotros mismos, cuando ayudamos a ese Yo Interior a que comprenda que solo después de acompañarse a uno mismo, la compañía aparecerá en el afuera. Aparecerán nuevos amigos, personas claves, señales ineludibles. Aparecerá ese abrazo reconfortante, esa charla descontaminante, esa noche de amor en una cama abrazado a un cuerpo que con su calor te acoge y te respalda.



Hace unos 10 años atrás leí una frase de Alejandro Jodorowsky que ha marcado mi vida, que dice así:

 “Para amar hay que emprender un trabajo interior que solo la soledad hace posible”.

 Para mí esto fue (y es) una clave vital. Comprendí, años después de leer esto, que aquella soledad que sentía, y que a veces siento, es producto de no haberme amado a mí mismo en la dimensión y manera que hubiese querido hacerlo. Y para poder amar hacia afuera, de manera sana y real, la soledad debe ser una aliada y un proceso que hayamos sorteado, masticado y procesado. Quien vive en su soledad, en su libertad total, y la vive de manera feliz, alegre, consistente, tiene muchas posibilidades de poder encontrar a quien amar y quien lo ame. Si la soledad se apodera de vos y lo vivís con dolor, siempre vas a buscar y encontrar algo o alguien que llene solo un hueco existencial, pero vacío de todo. Abrazate, hablate, mirate, andate, sonreite, acariciate, tocate, comete, disfrutate. Cada cosa positiva que hagas para vos mismo/a, por más mínima que parezca, va a marcar una seria diferencia en tu camino y en la relación Soledad – Amor.

 Aprendí a amar la soledad porque ella me enseñó del amor hacia mí mismo; y la amo porque en ella yo soy mi mejor aliado; gracias a ella pude encontrarme como nunca antes.

 


Mi nombre es Franco Etcheverry, y soy un viajero nómade desde 2021. Tengo 32 años y sueño con recorrer el mundo y vivir experiencias apasionantes que sacíen mi sed de curiosidad sobre la existencia espiritual en esta vida. Viajo en las rutas como excusa para viajar hacia mi interior. 

Quiero que también seas parte de este viaje.

Si quisieras ayudar económicamente a este proyecto, podés hacerlo mediante MERCADOPAGO (Alias:charlas.magicas) y/o Cafecito App: https://cafecito.app/francoetcheverry 


¡MUCHAS GRACIAS!

 

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Tres filtros indispensables para lograr buenas relaciones

La enseñanza de Agustín Burg

EL PODER DE LA VALENTÍA: aprende a confiar en tu salto