La enseñanza de Agustín Burg

Era abril de 2021, en Merlo, San Luis, Argentina. Llevaba apenas un puñado de semanas de vida nómade. Había llegado a Merlo y no tenía casa, y muy poca comida. Dormí dos noches en mi auto, El Soberano, al costado de lo terminal de ómnibus, con todas las incomodidades del caso. Al menos ahí tenía agua y baño disponible. En el día, había ido a la plaza céntrica para agarrar un poco de wifi libre y que funcionaba a duras penas. Estaba rastreando algún camping o un hostel que recibiera voluntarios para intercambiar trabajo por hospedaje; porque prácticamente no tenía dinero. Entonces veo en Facebook, en una publicación del 2012 un mensaje que decía “llamen a Collin de Casa Grande Hostel. El número es xxxxxxxx”. Llamé a ese número y me respondió una voz que evidentemente no era la típica de argentina. Collin era un yanqui de Oregón que armó un hostel en Merlo y se quedó allí a vivir con su familia, y precisaba un voluntario.

-        -   ¿Qué sabés hacer?

-          - Todo lo que precises. Y si no sé, aprendo.

No dudé en nada. Necesitaba ese techo y comida como sea. Y ahí fue que logré mi primer voluntariado en este viaje, en el Hostel Casa Grande. Fue una experiencia única porque no solo había hermosas personas, sino también un ambiente muy ameno y agradable.

Junto a amigos voluntarios del Hostel


Ahí conocí a Santi y Lu, una pareja motoviajera; al Rama, el misionero mochilero (personaje sin igual), a Ro, Ale, a Lau (extraordinaria artista), al riverplatense Maxi, a la siempre alegre Ceci, entre otros. Y también conocí a Agustín Burg. Era un tipo de esos sencillos, pero sofisticados. Todo en él era prolijidad y orden. Seguramente de unos treintilargos años, o por ahí. Él trabajaba en la recepción del; él comentaba que trabajaba en las temporadas altas en los lugares turísticos, principalmente en hostels o similares para poder salvar el alquiler de techo y solo tener que procurar su comida. Por lo tanto, podía ahorrar gran parte de su salario en esos 3 meses de temporada. Además, tenía algún trabajo extra online. Trabajaba 3-4 meses, ahorraba, y tenía luego entre 9 y 8 meses de libertad para moverse (a veces menos, según el movimiento). Lo importante, para mí, era ver alguien que ya estaba en movimiento nómade desde hacía un tiempo y “le había encontrado la vuelta” para hacerlo, equilibrando trabajo con nomadismo y libertad.

Cocina del Hostel Casa Grande

Me contó que él trabajaba en Buenos Aires para una multinacional (creo recordar que era Siemens) y que tenía un puesto de jerarquía importante. Pero claro, el trabajo demandaba todo su tiempo y energía física y mental. Hasta que llegó al punto de tener un estrés extremo, afectando seriamente a su salud. Su psicóloga le mostró los caminos y él eligió. Decidió soltar ese trabajo y apostar a una vida nueva. Con ahorros y muchas ganas, y mucha incertidumbre, partió, con un par de mochilas y bolsos. Un nuevo camino comenzaba.

Una noche de esas, se festejaba el cumpleaños de Agustín, que a su vez coincidía con su pronta partida del hostel hacia nuevos rumbos. Se nota mucho en los hostels cuando alguien importante para todos se va. Es una despedida muy dolorosa; se siente que se va alguien que integra una tribu. Es un sentimiento que invita a ejercitar el desapego. En fin.

Yo pedí hacer la comida para todos. Me gusta hacerme cargo de la cocina cuando son eventos grandes. Para mí, cuantas mas personas, mejor. El menú era pollo al disco. Si no sos de Argentina, te digo que es una de las comidas favoritas de todos y de solo pensar en ella se te hace agua la boca (como yo en este momento).

La cosa es que la celebración fue transcurriendo de manera muy amena y alegre, con buena música y charlas. Se lo notaba contento a Agustín; si bien era una persona que parecía mezclar sutilmente seriedad con buena onda, en esa ocasión sonreía mas seguido que de costumbre. Fue contando a unos dos o tres que estábamos ahí al lado del fuego que cuando él salió de viaje había salido con muchas cosas inservibles para el nomadismo y otras que estaban de más. Calzones de más, medias de más, ropa de más, objetos que jamás usaría, etc. Todo eso configuraba un peso extra y que no tenía sentido seguir cargando. Y sucedió que se fue despojando, poco a poco, de sus objetos sobrantes. Fue reduciendo su equipaje, practicando continuamente el desapego, imagino. Fue así que esas sobras fueron quedando dispersas en el camino de Agustín. Es como dejar migajas que nunca volvería a recoger, pero que otra persona podría rastrear y reconstruir los hechos como si fuesen pistas de sus andanzas. Entonces, ya en Merlo, todo lo necesario para la vida nómade ya pudo ser reducido a una sola mochila de unos 60 litros. Y ahí, mientras contaba ese anecdotario, Agustín dijo una de las frases mas IMPORTANTES que escuché en todo mi viaje y que resuena aún hasta hoy con la misma potencia. Agustín dijo:

“Un día, voy a viajar tan liviano que ya no tendré nada que dejar en ningún lugar. Liviano se llega mas lejos”.  



Desde ese momento hasta hoy, esa frase me persigue como un mantra constante. A tal punto, que siempre he intentado, e intento, despegarme cada vez un poco mas de todos esos “sobrantes”. En ese momento yo viajaba en mi auto, ¡y tenía tantas cosas innecesarias!

Mi equipaje seguramente quintuplicaba el equipaje de Agustín, quizás más. Ni hablar de los casi 2000kg extras que supondría el auto en sí mismo.

Cuando decidí empezar mi vida nómade tuve que despojarme de prácticamente todas mis posesiones hasta ese entonces. Cuando tuve que venderlas o regalarlas, me di cuenta que muchas veces uno mismo no tiene las cosas, sino que las cosas lo tienen a uno. Atrapado en falsos apegos emocionales. Papelitos, cositas que uno cree imaginariamente que son reliquias; que anidan una historia. Todas construcciones falsas que nuestra mente nos crea para apegarnos, sin comprender que NO precisamos necesariamente de ellas. Las historias de esos objetos, te lo garantizo, quedan en ultima instancia, guardadas en el registro mental nuestro por todo lo que dure nuestra vida. Fue muy doloroso soltar mi sillón, mi tele, mi heladera, mi moto, mi mesa, mis ropas. Había invertido en eso muchas horas de mi vida, mucho trabajo. Como de niño había tenido muchas necesidades materiales, creía en algún punto, que tener todas esas cosas iba a cubrir mis necesidades personales e interiores. Nada más lejos.

El día que compré y tuve mi auto, me di cuenta de la trampa en la que estaba cayendo. De repente, me encontraba en mi departamento alquilado, junto a todas las cosas materiales que de niño hubiese soñado. Ducha de agua caliente, calefacción, un sillón hermoso, un tele y equipo de música buenos, cama con un colchón bueno, una mesa linda, bici, moto, auto. Podía elegir a mi voluntad en qué moverme cada día. Y ahí, en esa toma de conciencia, me dije: “Acá está la trampa. Ahora tengo que trabajar para sostener todo esto. Y ni hablar para renovar, cambiar o mejorar cada uno de estos objetos. Pagar los seguros, los arreglos, los mecánicos, el combustible, los services de mantenimiento, obleas de gas, Revisión Técnica, etc, etc etc. Mi vida y mi tiempo se van a consumir para tener estas cosas. NO QUIERO”.

Darme cuenta de eso, en ese momento, fue una salvación. Yo no digo que lo material es “malo” per se; lo que digo es que no creo que valga la pena invertir tanto esfuerzo y dinero en esas cosas. Ojo, el confort de lo material es extremadamente agradable. Yo lo sentí, y lo disfruté mucho también. Pero determiné que no era un precio que quisiera pagar; era muy alto.

 

Solté todo. Hoy en día, también solté mi auto. Hoy, ya en Brasil, y muchos kilómetros después caminando con la frase de Agustín a mi lado, tengo solo una mochila grande y una mochila mas chica. Aún así, todavía las siento pesadas y sé, por mas que me cueste siempre, que tienen que volverse mas livianas. Tengo mas remeras de las que preciso, objetos que están “por las dudas”, dos aislantes. Absurdo. Pero cada uno tiene su tiempo para dar los pasos. Me tomo mi tiempo para aceptarlo, para masticarlo, y ejecutarlo. Pero sucederá. Soltar mi auto es algo que aún me duele y se me caen en este momento pesadas lágrimas de añoranza; porque él y yo tenemos 4 años de historia juntos. Historias inolvidables y extremadamente valiosas. Siempre va a ser mi auto. Pero es que tuve que soltarlo en Ushuaia, en el Fin del Mundo, porque ya era hora de continuar mas liviano, una vez más. Quedó en buenas manos. Intento no pensar para no llorisquear. A veces soltar y despedirse son cosas tan odiosas; tan agudamente dolorosas. Tenés que saber que, si emprendes ese camino interior, nunca te va a gustar. Siempre es la parte molesta del camino y que no se puede evitar. Para ir por tu sueño, vas a tener que soltar cada día mas cosas; sean ellas objetos materiales, lugares o personas. Te deseo mucha fortaleza. Y también te digo que, al cabo de un tiempo, cuando las heridas cicatrizan y el viento se lleva memorias, la cosa se vuelve mas llevadera. Pero siempre, tendrás la cicatriz, un recuerdo permanente de tus batallas interiores.

 

Junto al Soberano, en Pasos Malos, Merlo.

Gracias Agustín por semejante enseñanza de viaje. Y por donde quiera que andes en el mundo, te deseo un gran viaje y todos los éxitos. A Collin, también le agradezco por darme la oportunidad de ser voluntario en el hermoso Hostel CASA GRANDE. Si estás pensando hacer un viaje memorable, andá a Merlo y hospédate ahí. Te juro que es lo mejor que podés hacer.

 

  Y no olvides nunca, que LIVIANO SE LLEGA MAS LEJOS. 

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