MÁS ALLÁ DEL DINERO: Lecciones inesperadas que hacen crujir tu mente


 

Corría el año 2015. Yo tenía apenas 23 años y trabajaba los fines de semana en un restaurante que se llamaba “Al estilo criollo”, en Rio Cuarto, Córdoba, Argentina. Ese trabajo, sin dudas fue uno de los mejores que tuve. En su momento, no lo valoraba tanto como lo valorizo hoy la verdad. Ahí yo trabajaba de mozo y también como lavandero de todo lo que era la mantelería del restaurante. Durante la semana iba a la universidad a cursar mi carrera, y ya a partir del viernes a la noche hacía mis horas en la parrilla. Se comía buena carne la verdad. Gracias a ese trabajo, yo podía solventar mis estudios, mi alquiler, mi alimentación y todo, trabajando apenas los fines de semana.



Venían al restaurante personas de todos los estratos sociales. Tipos millonarios y el laburante de a pie. Gente en un Fiat Uno y gente en Mercedes Clase E.

Ahí, en esa profesión de mozo, comenzás a incorporar herramientas y conocimientos sociales que no te lo aporta ninguna universidad. Aprendés a evaluar y a hacer un “identikit” rápido de las personas solo con una mirada. Mas o menos, antes de llegar a la mesa y tener contacto con el cliente, ya tenías una previsualización de ellos. Claro, a veces uno se equivoca y erraba con el preconcepto. Con los otros mozos, a veces jugábamos a “sacarle la ficha” a un cliente nuevo para ver si era una persona tacaña o no, para ver si tenían o no mucho dinero, si eran personas amables o detestables, etc.

Por lo general, los mozos mas antiguos se quedaban con los mejores clientes. ¿Qué es un “buen cliente” para un mozo? Es el que se abre a vos para que le puedas hacer las mejores recomendaciones de lo que el local tiene para ofrecerle y que después deje una onerosa propina. Ese es el cliente ideal. ¿Existe? Solo en ocasiones, como todo aquello que es ideal. Algunos clientes eran personas detestables, malhumorados, mal agestados, pero dejaban una propina buena. Otros, compinches, de buen ánimo, graciosos, tal vez no dejaban nada. Y así varias combinaciones.



 A veces los “millonarios” dejaban bastante, otras veces no dejaban ni migas de pan arriba de la mesa. Los mas humildes, por lo general, dejaban acorde a su bolsillo. El patrón en común es que aquellos que dejaban propinas buenas, eran personas que entendían y empatizaban con el trabajo que realiza el mozo. Dice el mito popular, que los mozos en Buenos Aires tienen incluida en la cuenta final el 10% de la propina que les corresponde. Es decir, quiera o no el cliente, la propina llega de manera segura al mozo. En cambio, en el interior de nuestro país, uno sabe que la propina se la debe ganar uno mismo. A veces, atendiste una mesa con la MEJOR de las energías y ánimos, tal vez apostando a una buena recompensa, y sobre el mantel no queda un solo peso. Puede pasar.

En los restaurantes como el que yo trabajaba, donde había disponibilidad de hasta 120 cubiertos, las mesas compuestas por muchos comensales eran una lotería. Estamos hablando de mesas de entre 8 a 15 personas. Generalmente eran mesas que festejaban un cumpleaños, un bautismo, un aniversario, una graduación, etc. Era una lotería porque la mitad de las veces te tocaban MUY BUENAS PROPINAS y la otra mitad muy malas. Si por ejemplo te tocaba una mesa de 10 hombres que estaban celebrando un cumpleaños, era MUY PROBABLE que te dejasen 100 pesos cada uno (en ese tiempo unos 5 dólares por persona). Ahí, en solo una mesa, ya tenías 50 dólares en el bolsillo. Si te tocaba una mesa con 10 mujeres, por ejemplo, había MUCHAS POSIBILIDADES de no tener propina, o bien una propina muy baja. Costumbres sociales. No estamos haciendo aquí un juicio de valor.

Un domingo al mediodía del verano de 2015, llega una mesa de 12 personas. Era el cumpleaños numero 80 de una abuela y su hijo, de unos 50 y tantos, se lo quiso festejar en familia en el restaurante. Me tocó esa mesa ya que los mozos mas viejos no querían arriesgarse a tomar una mesa tan grande y con la mitad de las posibilidades de no tener nada de propina. Como yo era el novato, tenía que pagar el derecho de piso, así que me la dieron a mí.


La mesa fue excelente en cuanto a su amabilidad y cordialidad. Eran personas familieras, se notaba que estaban disfrutando de ese encuentro y ese cumpleaños. Gente afectuosa que me trató espectacular. Habían pedido de todo y no escatimaron en gastos. La cuenta era algo abultada para lo que era “lo habitual” en nuestro restaurante. Cuando el señor “encargado” de la mesa, el hijo de la abuela cumpleañera me pide la cuenta, se la llevo en una especie de cartera que teníamos. La dejo en frente de él, y me voy  a continuar con mi limpieza de copas. Al cabo de 5 minutos, me hace seña de que ya estaba lista la cuenta para ser retirada con el dinero dentro. No recuerdo exactamente cuánto eral monto de la cuenta, pero eran aproximadamente unos 10.000 pesos, lo que era aproximadamente unos 500 dólares.

-Con permiso, señor.

-Está bien ahí, gracias.

Cuando un cliente, al menos en Argentina, te dice “está bien ahí” en el momento de retirar la cuenta, es una forma discreta de decir “lo que sobra de dinero es para vos”. Y yo lo había escuchado bien claro. Es decir, yo ya sabía que había una propina, lo que no sabía era cuánto. 

Retiro la cartera sin abrirla ni contar el dinero dentro y la llevo directo con el cajero para que revise si estaba todo bien. Yo, la verdad, sin ninguna ambición de ninguna propina generosa, pues ya sabía de la lotería de las mesas grandes. Me llama el cajero y me dice:

-Che Franco, creo que acá hay un problema.

-¿Qué pasó?

- La cuenta es de 10mil, pero acá hay 12mil. Se debe haber confundido y te dio bastante de más. No creo que haya dejado 2mil de propina (100 dólares). Andá y llevale el vuelto por favor.

La verdad es que el cajero tenía razón. Yo también pensaba que este hombre se había equivocado, que contó mal el dinero, y me dio mucho mas de lo que “debía”.

Le llevo nuevamente la cartera y el señor me pregunta:

-¿Por qué me traés esta plata?

-Porque creemos que se equivocó al pagar y pagó de más.

-No, para nada. Yo dejé esa plata para vos. Es tuya, no mía.

-Disculpe, como había una cantidad poco habitual, pensamos que era un error. Muchísimas gracias, de verdad.

 


Quiero ponerlos en contexto. Yo era un estudiante universitario que vivía en un departamento realmente muy austero y que, honestamente, no tenía manteca para tirar al techo. Imaginen lo que representaba para mi economía personal un ingreso, en un solo día, de nada mas ni nada menos que ¡100 dólares! Claro, según la perspectiva, puede ser poco o puede ser mucho. En ese entonces, ese dinero representaba para mí el gasto de 2 meses de alquiler.

Volví al cajero con el ticket y el dinero dentro de la cartera y le dije:

-Che, me dice que es mi propina y que no se equivocó.

- Mierda. Le voy a contar al “Corto” y se va a caer de culo.

 (el “Corto” era uno de los mozos mas viejos y le decían así porque tenía una pierna notoriamente mas corta que la otra y caminaba rengo, y que además siempre le gustaba comparar las propinas que hacíamos)

La cosa es que yo me puse a limpiar nuevamente las copas y con una sensación interior contrariada. ¿Debería estar contento, ¿no? Si, yo también lo pensaba, pero la realidad es que había atestiguado en carne propia una GRAN LECCIÓN sobre el dinero, y también de la vida. Me quedé pensando en la situación, en las palabras del señor: “Es tuya esa plata, no mía”.

En mi mentalidad de escasez, y también para el cajero, YO NO ERA MERECEDOR de semejante propina. No era factible y debía haber sido un error. ¿Por qué nuestra mente pensaba así?

Mientras continuaba limpiando copas, la mesa comenzó a levantarse para partir. El señor en cuestión se acercó al cajero a agradecer el servicio y la comida, y luego de eso se dirigió hacia mí.

-¿Por qué no creíste que esa plata era para vos?

-Es que la verdad es poco habitual que dejen esa proporción de dinero para la propina. Era extraño. Ante la duda, pensé que lo correcto era devolverla en caso de un error.

-Tu servicio fue muy bueno; mi mamá está muy contenta de cómo nos atendiste y yo también. Fuiste muy detallista y nos diste un gran almuerzo. ¿lo que diste no vale 2000 pesos? Tenés que sentirte merecedor.

No sé bien qué le respondí porque esas palabras fueron como un rayo para mi mente. Solo recuerdo que le agradecí mas por la lección que me había dado que por el dinero.



Estuve semanas y semanas con esa pregunta retumbando en mi mente, de por qué no me había sentido merecedor de ese dinero. Supe ahí que había una clave importante en cuanto a la sintonía de la riqueza, la abundancia real y bien entendida. Comprendo hoy que no habrá prosperidad en la vida de ninguna persona que no se SIENTA merecedora de esa gracia, de esa bondad, de esa gratitud del universo hacia nosotros. Porque el dinero no deja de ser una energía; una energía muy poderosa, por cierto. Cuando llega dinero de esa manera, inesperada y abundantemente, dependiendo del nivel de conciencia que poseamos, es como vamos a actuar frente a él. No creerse merecedor es una clara señal de RECHAZO en el plano sutil de energías. ¿Cómo el dinero iría al encuentro de una persona que lo va a rechazar o sentirse poco apto para tenerlo? Es como con las relaciones interpersonales. ¿Una mujer se sentiría atraída hacia mí si ella ve que no me siento “merecedor” de ella? ¿Le resultaría atractivo que yo no tuviese una buena valorización de mí mismo? Claro que no. Con el dinero ocurre lo mismo.

Vengo estudiando y visualizando en mí mismo esta situación desde aquel entonces. He tenido muchos pensamientos y sentimientos entrecruzados con respecto al dinero. Creo que es la situación de una gran porción de la humanidad. Creo que es principalmente porque vivimos en una sintonía de carencias en muchos aspectos de la vida. Uno quiere lo que no tiene; desea lo que le es complicado de conseguir. Creo también que el dinero no es la respuesta a todo. Hoy sí creo que es algo importante a lo cual muchos años de mi vida “le bajé el precio”.

La riqueza y la abundancia bien entendida es un estado de PLENITUD y de BIENESTAR en muchas áreas de la vida; no solo la monetaria. Hay gente que es tan pobre que lo único que tiene es mucho dinero. Y la verdad, es que en mi experiencia personal, las personas que tienen menos, las encuentro siempre mucho mas generosas que las personas ricas. En este invierno cuando hice mi viaje patagónico a dedo, en la ciudad de Cutral Có, Neuquén, mientras caminaba hacia el punto a donde iba a hacer dedo, un señor muy humilde que estaba parado al lado de un Ford Falco azul, me miró a la distancia, y cuando me iba acercado, él me extendió e una bolsa unas cuantas tortas fritas que él estaba vendiendo. Me dijo: “que Dios te bendiga en tu camino”. Me daba lo poco y nada que tenía aquel hombre. Eso es riqueza interior verdadera.  


Y aquellas personas ricas y generosas que conozco, lo son porque han venido de abajo o han tenido experiencias de vida que los mantienen con los pies en la tierra y saben que la solidaridad y la generosidad son aspectos claves de una vida ABUNDANTE.

El camino de la austeridad total es también una vía de autodescubrimiento; una vía de despojo de todo aquello que sea material. Yo mismo la he experimentado. Sé las verdades que ahí anidan. Lo que no sé aún es cuales son las verdades que anidan en el mundo de las riquezas materiales, que por cierto, estoy seguro que las hay.

Y en cuanto a tu experiencia personal, ¿Cuál es tu relación con el dinero, la riqueza y la abundancia? Contame en los comentarios.

Una foto con la gata de aquel restaurante, año 2015.


¡MUCHAS GRACIAS POR TU LECTURA!

Mi nombre es Franco Etcheverry, y soy un viajero nómade desde 2021. Tengo 32 años y sueño con recorrer el mundo y vivir experiencias apasionantes que sacíen mi sed de curiosidad sobre la existencia espiritual en esta vida. Viajo en las rutas como excusa para viajar hacia mi interior. 

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Comentarios

  1. Una experiencia, que vivida y contada así, emociona e inspira!!!

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